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La inestabilidad es lo natural

Hipercultura locura en el vértigo del mundo..........

Ernesto Neto



"La gente tiene miedo de la inestabilidad, pensando que es una crisis. Pero la inestabilidad es lo natural"




"Toda la construcción humana es muy árida, seca, cuadrada. Para mí, Puerto Madero es muy distinto que el centro de Buenos Aires", dijo Neto. "Mi trabajo es distinto, orgánico, acogedor. Si podríamos construir casas como árboles, creciendo orgánicamente, trabajando con la naturaleza para crecer... Es una fantasía que tengo... Somos la naturaleza. No hay una separación. Es una simbiosis. ... Estamos acá para vivir, para saber que la vida es buena, para estar feliz".




Y es que con Hipercultura locura en el vértigo del mundo, que así se llama esta obra, Neto propone “suspender a la gente en un estado de contemplación y crear un espacio de fantasía y libertad, una suerte de burbuja existencial en la que todos somos iguales y la cultura no nos separa”.




LOS 3 OJOS DEL CONOCIMIENTO, KEN WILBER


LOS 3 OJOS DEL CONOCIMIENTO, KEN WILBER


Creo que uno de los motivos por los que el arte moderno (y postmoderno) no ha logrado satisfacer su aspiración espiritual, es por no haber utilizado las herramientas y técnicas de contemplación que proporcionan las disciplinas auténticamente meditativas. Si como piensan Kandinsky, Mondrian, Brancusi y otros, el arte verdadero es la manifestación del Espíritu, si el ojo de la contemplación es el más apropiado para contemplar el Espíritu y si la meditación es una de las formaas más seguras de abrir el ojo de la contemplación, el arte más puro y verdadero será el arte contemplativo, un arte nacido del fuego de la epifanía espiritual, avivado por las brasas de la meditación….
… Esto es precisamente lo que está detrás de muchas de las grandes obras del arte oriental, desde los thangkas tibetanos a los paisajes del zen y la iconografía hindú. Lo más sublime de estas obras de arte proviene de la meditación. El artista/maestro entra en samadhi y desde la unión sujeto/objeto el sujeto pinta al objeto aunque los tres constituyen ahora un solo acto indivisible. Quien no puede convertirse en objeto no puede pintar un objeto. [...] En suma, pues, el arte que se origina en la conciencia no dual tiene acceso directo al Espíritu no dual. En tal caso, la calidad de la obra de arte depende, en primer lugar, de la profundidad de la conciencia no dual alcanzada por el artista, y en segundo lugar, de su peculiar talento.
Así pues, el secreto de la obra de arte auténticamente espriritual no depende del tema de su pintura sino de su origen no dual. Para que una obra de arte sea espiritual el pintor no tiene porque limitarse a pintar crucifixiones y Budas. Es por ello por lo que los paisajes zen, aun no siendo más que paisajes, son sagrados, porque brotan del Espíritu, de la conciencia no dual, de la conciencia de unidad. En la cúspide de la trascendencia el Espíritu es inmanente, lo impregna todo y está igualmente presente por completo en todos y cada uno de los objetos (materia, cuerpo y alma). Ver el mundo en un grano de arena y el Cielo en una flor silverstre. En primer lugar el artista debe descubrir el Espíritu, luego ver el Espíritu en la flor silvestre, y después, al pintarla, su peculiar talento expresará al Cielo que se derrama a su través. De este modo, sea cual fuere el objetivo representado, la obra de arte se hace transparente a lo divino y, comulgando con transcendelia, se convierte en expresión directa del Espríritu. [...]
Un artista es “bueno” en la medida en que puede desidentificarse del ego, transcender su yo separado y permitir que lo superconsciente fluya a su través y se exprese en la obra de arte.
Según Schopenhauer, todas las grandes obras de arte comparten un rasgo distintivo común, todas ellas tienen la capacidad de incitar al espectardor a salir de sí y a penetrar en la obra. El arte, en otras palabras, saca al espectador de sí mismo, lo instala fuera de la dualidad sujeto/objeto y lo transporta a la conciencia no dual o conciencia de unidad. Decía Schopenhauer que el gran arte suspende la división entre el yo y el otro, entre lo interno y lo externo y nos concude aunque sólo sea por un momento al reino de lo atemporal.
El próximo gran paso del arte occidental todavía está por darse. Y no será un paso hacie el cuerpo ni hacia la mente, sino un paso adelante hacia el alma y el espíritu. Hemos asistido ya al parto de la autoconciencia a partir de lo subconsciente, pero aún debemos presenciar el nacimiento de lo superconsciente. Esperamos la aparición de aquellos grandes símbolos artísticos “que pertenecen a los altares de la religión espiritual del futuro”.

Ken Wilber. El arte contemplativo

El arte contemplativo (Ken Wilber, El ojo del Espíritu)

"Preguntémonos ahora nuevamente por la esencia última del arte. Es fácil reconocer, cuando contemplamos, por ejemplo, un Van Gogh, que el arte verdadero tiene la capacidad de suspender el aliento del espectador. Cuando el verdadero arte impacta en nosotros -o mejor dicho, penetra en nuestro ser- nos conmociona tal vez durante un segundo o dos y nos abre a percepciones anteriormente desconocidas. En ocasiones, obviamente, las cosas son mucho más tranquilas y la obra de arte va impregnando lentamente todos nuestros poros, pero el hecho es que, en cualquiera de los casos, termina provocando un cambio, más grande o más pequeño, en nosotros.

No resulta, pues, extraño que, tanto en Oriente como en Occidente, el arte se hallara asociado, hasta hace muy poco, a la transformación espiritual (y con ello no estoy refiriéndome, en modo alguno, al arte meramente "religioso" o "iconográfico").
Algunos de los grandes filósofos modernos, como Schelling, Schiller o Schopenhauer, han subrayado el poder trascendente de la obra de arte. Cuando contemplamos un objeto hermoso (natural o artístico), toda nuestra actividad queda en suspenso y simplemente estamos atentos, sólo queremos contemplar el objeto. y mientras perdure ese estado contemplativo, no queremos nada del objeto, sólo queremos contemplarlo y que ese estado perdure; no queremos comérnoslo, apropiárnoslo, escapar de él ni modificarlo sino sólo contemplarlo, permanecer en su presencia.
En la conciencia contemplativa desaparece momentáneamente nuestro aferramiento egoico al tiempo y nos relajamos en nuestra conciencia esencial, descansamos en el mundo tal cual es, no tal como desearíamos que fuese. Cuando nuestro ojo descansa en el centro del ciclón contemplamos directamente el rostro de la quietud. En tal caso no hacemos nada por cambiar las cosas sino que sólo contemplamos el objeto tal cual es. Éste es el extraordinario poder que tiene la obra de arte, atrapar nuestra atención y dejarla en suspenso, el poder de contemplar -en ocasiones admirados y en otras en silencio- pero siempre ajenos al desasosiego que caracteriza nuestra vigilia.
Poco importa, en este sentido, el contenido concreto de la obra. Porque la auténtica obra de arte nos atrapa -incluso contra nuestra voluntad- y nos deja absortos y en silencio, liberados del deseo, ajenos a todo intento de apresar, libres del ego y libres de toda contracción sobre nosotros mismos. Y en esa apertura o claro de nuestra conciencia pueden aflorar verdades más elevadas, revelaciones más sutiles y conexiones más rofundas
hasta llegar tal vez, por un momento, a palpar incluso la eternidad. ¿Es posible acaso decir el tiempo que hemos permanecido suspendidos en la apertura que la gran obra de arte desencadena en nuestra conciencia?
Lo único que usted desea es contemplar, que ese estado no tenga fin, olvidándose del pasado y del futuro, de usted mismo y de su propio nombre. El noble Emerson dijo: "Las rosas que hay bajo mi ventana no se refieren a rosas anteriores o a rosas más hermosas; son lo que son y existen con Dios hoy. Para ellas el tiempo no existe, lo único que existe es la rosa, perfecta en cada momento de su existencia. Pero el hombre pospone o recuerda, no vive en el presente, sino que se lamenta del pasado o, desatento a los milagros que le rodean, se pone de puntillas para tratar de atisbar el futuro. No es posible ser feliz y fuerte hasta que moremos con la naturaleza en el presente, más allá del tiempo".
El gran arte suspende ese movimiento -que nos lleva a lamentarnos por el pasado ya anticipar el futuro- y nos abisma en el presente eterno, permitiéndonos estar con Dios hoy mismo, perfectos a nuestro modo, abiertos a la opulencia y beatitud de un reino que nuestra época ha olvidado pero que el gran arte nos recuerda no tanto por su contenido como por sus efectos, suspendiendo el deseo de estar en otra parte. De este modo se
desata el nudo de agitación que alienta en el corazón del yo sufriente y nos liberamos -por un segundo, por un minuto o por toda la eternidad- de la contracción que nos mantiene encerrados en nosotros mismos.
Ése es exactamente el estado que nos provoca el gran arte, sin importar, en modo alguno cuál sea su contenido (insectos, budas, paisajes o abstracciones). Desde esta perspectiva -desde este contexto- el gran arte puede ser juzgado por su capacidad para suspender nuestro aliento, diluir nuestro yo y sustraernos, simultáneamente, del flujo del tiempo.
Y sea cual fuere el significado de la palabra "espíritu" -coincidamos, por ejemplo, con Tillich, en que tiene que ver con aquello que moviliza nuestro interés último-, en el asombroso instante en que el gran arte penetra en usted y le transforma, el Espíritu resplandece en este mundo con mayor intensidad.

Demos ahora todavía un paso más hacia adelante. ¿Sería acaso posible que pudiéramos contemplar al universo entero como la más hermosa y delicada obra de arte? ¿Sería posible contemplar, en este mismo instante, cada cosa y cada evento -sin excepción alguna- como un objeto intrínsecamente bello?
Porque esa visión nos dejaría momentáneamente petrificados, toda
nuestra ansiedad por escapar o por apresar algo quedaría provisionalmente en suspenso, nos libraríamos de la contracción sobre nosotros mismos y moraríamos en la contemplación sin elección de todo lo que es. Al igual que la obra del arte o el objeto hermoso suspende momentáneamente nuestra voluntad, la contemplación del universo como el más bello de los objetos nos abriría a la conciencia sin elección de lo que es, no de lo que debería -o podría- ser.
Porque ¿no es, acaso, posible que cuando percibimos la belleza de todas las cosas, sin excepción alguna, nos hallemos realmente en el ojo del Espíritu y que el Kosmos entero, tal cual es, sea una manifestación de la belleza? ¿No es, acaso, posible que el Kosmos sea, de hecho, la más resplandeciente obra de arte del Espíritu?
Desde esta extraordinaria perspectiva, el Kosmos entero es la obra del arte de la radiante creatividad de nuestro yo superior porque, cuando lo contemplamos desde el ojo del Espíritu, cualquier objeto del universo se convierte, de hecho, en una manifestación radiante de la belleza"...
¿Podemos convertir nuestra vida en una Obra de Arte?